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octubre 24, 2009

No sé

Rafael Pedroza
(Narrativa)

Me era difícil pensar qué hace un cerdo en una clase de Karate, pero ella, Azucena, la hija de la mujer que trabajaba en esa casa, sádicamente gozaba con dejarme esas incertidumbres, de las cuales, para seguirle el juego del masoquista, me disponía a pensarlas por horas a ver si llegaba a la respuesta, a la que nunca llegaba, y se lo decía, y se reía, le agradaba saber eso. Esas situaciones altamente incómodas me ponían a pensar por qué siempre era yo al que dirigía las preguntas y era simple, eso sí era simple, no el destino de las pulgas al morirse según la lógica infantil, es porque a ella siempre la ignoraban y yo, la escuchaba. Como si no fuesen suficientes todas las piorreas que pensaba ella me daba otras cosas que pensar, pero me era inevitable tratar de resolver sus acertijos si para ella eso representaba algo.


Siempre he sido un diabólicomente siniestro y siempre me decían que tuviese consciencia, la cosa es que me agrada la ciencia, aunque me des asombre, nunca he sido un sin ciencia, y no ando creyendo en maricadas que supuestamente me arreglan la vida, porque siempre me he encargado de los fenómenos para normales, como la angustia, el switch de la luz del baño cuando se daña, que no tengo idea cómo pero siempre quiero arreglar, esas cosas que le pasa a personas normales, no las posesiones demoníacas o santas ni apariciones de cualquier tipo que solamente tienen personas altamente afortunadas.

A mí me gusta la música, la empanada, la ensalada, la panela, y el agua de canela que me hacía mi abuela para subirme la presión cuando estaba a punto de cagarme encima porque una fulana desconocida por orden médica tenía que sacarme la sangre y la presión se iba para el octavo círculo infernal por el temor tan hijueputa que le tengo a las personas, ahora imaginar a una desconocida con una aguja, que con la mínima porción de aire me mataba. Entonces no tengo por qué andar pensando en resolver los problemas de la existencia, cosa que siempre les critiqué a los ídolos nominados “grandes pensadores” que si querían que alguien pensara en torno a algo, expusieran sus cosas con plastilina o en una versión no aversiva para dumis, porque no todos se toman el trabajo de leer a los naturalistas, ni a los pederastas, ni a los históricamente reconocidos como habladores de purulencias, hasta lo que se ha escrito hasta nuestros días.

No me gustan lo y los doctrinarios, las religiones ni las matemáticas, y mucho menos que me digan cómo vestirme, porque eso no representa algo, es esa nada más allá de las buenas costumbres, que son anestesia como dice Proust del borracho sobrio. Y menos me gusta saber que todo eso está representado como el representante del buen camino del éxito, y sé que por eso me van a matar… Esa ortodoxia nunca me ha llevado a algún lado, pero precisamente me gusta estar en ninguna parte, para saber que tengo todas las posibilidades de tomar para donde quiera, aunque ese donde quiera también sea sesgado, y sé que esa ortodoxia me va a matar, y ojalá sea que me caiga un cerdo karateca en la cabeza, un cerdo de dimensiones magnánimas como las deseadas construcciones nazis, y de un chuletazo me parta el cuello, y rompa el tallo cerebral. Y ojalá cuando llegue al purgatorio, pase antes por un pulgatorio a ver si allí van las pulgas cuando se mueren antes de entrar al cielo de las pulgas donde haya perros que no se rasquen y las expropien de sus tierras como cualquier acto violento de nuestros tiempos…

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marzo 23, 2009

A paso lento

El domingo 14 de marzo de 1953 Armando Castiblanco partió desde Tablilla hasta Malagata en el tren de las ocho y treinta de la mañana. No llevaba en sus manos sino las arrugas más viejas de su cuerpo. Su sencilla camisa amarilla y su desgastado pantalón gris fueron prendas de mucho asombro para los demás viajeros, que vestían las telas más finas del último siglo. Las señoras hablaban de las fiestas de San Jerónimo como un evento en el que se podrían encontrar muchachos adinerados que se casaran con sus hijas, las pobres ingenuas creían que las fiestas se prestaban para compromisos. Los señores, por su parte, no tan viejos como Armando Castiblanco, contaban que querían encontrar oportunidades de vender más cabezas de ganado que en cualquier otra temporada del año. El tema era siempre el acercamiento a personas de clase alta como ellos, en el que nunca era importante el goce de las fiestas en sí mismo, sino la capacidad de lograr compromisos aparentemente amorosos y la habilidad de hacer negocios que pudieran sostenerlos.

En los viajes en tren uno nunca sabe a quién puede encontrarse. Los cuchicheos de las muchachas, acompañados de risas, iban seguidos de los suspiros nerviosos de algunos padres mientras otros mantenían una expresión digna. A veces se escuchaban nombres de viejos amores, anécdotas sobre tiros y cachetadas, o simplemente amenazas de muerte a hombres más pobres que sus suegros. Las jóvenes tenían vidas borrascosas a pesar de sus vestidos. Historias como esas eran comprensibles en aquella época, si tenemos en cuenta que eran mujeres con menos de dieciocho años, que habían sido amamantadas con la búsqueda del dinero fácil y educadas con una sofisticada criminalidad.

Armando retiró la mirada del río, la fijó en los ojos del hombre que estaba en frente de él y sonrió, pero el empresario de bigote negro y ceño fruncido centró su atención en los rostros de sus dos parcos compañeros, los cuales ignoraron durante todo el recorrido al campesino de su izquierda. Dos horas más tarde, con el calor moribundo que hacía en esos trenes, Armando cerró los ojos, recostó su cabeza en la silla y apretó fuertemente el sombrero que llevaba en las piernas. La cabeza del humilde anciano enseguida giró cómo por sí sola hacia donde estaban los negociantes y sus ojos se abrieron lo suficiente para ver el mismo ceño fruncido que lo había ignorado unas horas antes. Ese año los pobres no trabajaban para viajar en tren y ni merecían hacerlo, los trenes no eran fabricados para ellos. Armando, con una seguridad que el empresario podría no haber visto antes en los pobres, prefirió ver la llanura y en pocos segundos se quedó dormido.


Cuando el tren se detuvo en Malagata, lo primero que notó después de su corto descanso fueron los vestidos caros y la risa de la burguesía de la región; el ambiente en el tren así lo había predicho. El reloj de la estación marcó las once en punto, y con la lentitud natural que caracterizaba a los campesinos ancianos de las poblaciones cercanas, se sumergió entre la multitud del pueblo, dispuesto, como siempre, y como era su misión, a cuidar del hijo que tanto le había amado y por el cual había llegado a tan lejana edad.

Como secuela de las visitas del presidente de turno a lo que había sido un olvidado municipio ganadero, los primeros rasgos de la hipocresía fiestera que se veían en aquella época en Malagata, no dejaban espacio para que los ancianos denominados “inútiles” como Castiblanco fueran tratados con respeto. Fue así, que los transeúntes y su arrogancia inherente lo golpearon con sus sombrillas, sus bastones y sus abanicos para alejarlo rápidamente de ellos, cómo si él fuera un animal enfermo que repartiera lástima a cada paso.

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Miguel Ángel Ortíz. Barranquillero, 20 años. Estudia economía en la Universidad Nacional de Bogotá. Desde pequeño escribe cuentos y poemas, sobre todo de misterio, desamor e inocencia.

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marzo 18, 2009

Refrescante sensación: El oso en la botella

"El verano había pasado y el calor murió
Y el otoño alcanzó su corona dorada
Miré atrás al oír un suspiro
Pero ésta era la época sin respuestas"
Nick Drake

Siempre se escucha que mañana por la mañana todo mejorará, sólo el calendario sabe cuántos mañanas han pasado desde la primera noche y aun hoy por hoy pretenden vendernos el optimismo como un papel que soluciona nuestras más grandes miserias. ¿Tienes hambre? compra un libro sobre cómo alimentarte en 30 días sin perder la línea. ¿Quieres dinero? o bien puedes invertir en una pirámide o bien puedes comprar el libro de los 30 pasos hacia el éxito (Claro, nunca lograrás pasar del primero "mírate al espejo y repite: Soy un ganador... soy un ganador...") Bien atrás quedó eso de cáete con confianza que yo te alzo, ahora mejor que no te alcen; de rodillas obtienes un mejor panorama de quien te empujó.
El beat pop no fue escrito a la luz de MTV y las caderas de Britney, entonces, ¿por qué se creen Chinaski y Ginsberg todos estos que se dejan crecer el cabello en puntas parejas; no toman vino de caja sino que un siervo les quita el corcho, no pierden lo que no tienen sino que buscan lo que ni desean? Pobre Cristo parado a la pared de la cama de mis padres que se tapa la cara cuando el señor Utria aparta el dinero de los impuestos.
Y lo más fantástico de cuando uno dice hoy en día, es que los alivios son baños con menticol: refrescan por minutos y luego sólo nos queman en pequeños espacios corporales, casi siempre del lado del pecho, del corazón o de los más valientes, del lado de los ojos.


Bruno.

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noviembre 15, 2008

¡Oh, fortuna!

Alberto Mario Amador

Había una vez un chino amarillo que decía llamarse Yee, esto no es importante porque todos lo llamaban chino. No sé como llegó Yee a esta ciudad, el caso es que pronto hizo lo que todo el mundo espera de un chino de verdad: montó un restaurante.

El restaurante se llamaba “SUN-SUN”, cosa que según un amigo licenciado en chino traduce algo así como pollito amarrado. Al lado del restaurante un tipo llamado Juancho abrió-montó un club de putas. El negocio era excelente, los tipos iban al prostíbulo, se garcharban una puta y luego se iban a comer arroz donde el chino.

Una vez el dueño del prostíbulo tenía la tripa pegada y le dijo al chino que le fiara una cajita de arroz especial con mucha soya; el chino dijo la velga, chino no fía.

Juancho se fue con hambre y se comió una mogolla de doscientos con agua: en silencio su corazón era devorado por parásitos asesinos que le deseaban la muerte a todos los chinos del mundo..., el tipo del prostíbulo había leído hace mucho tiempo una frase de Pablo Neruda que decía que los chinos eran incapaces de hacer algo feo y ahora pensó que Neruda era un chupapichas, era un chupapichas de la peor calaña que siempre tuvo plata para comprar arroz..., ahora la vida se iba entre las putas..., ¡ahh! vida hijueputa... Esa noche mandó a las putas a que fueran a comer donde el chino.


Siempre estuvo arrecho, sobándole la barriga a Buda y metiendo su amarilla salchicha de tofu en rosadas vaginas y morenos culitos de mala muerte; era la apoteosis del chino, nunca su comida fue mejor, las putas salían y entraban del restaurante, Yee estaba radiante y las putas gorditas. Las mujeres le daban el culo y él pagaba con arroz o chop-suey. Los clientes podían irse al carajo, las putas eran las reinas del restaurante; Yee reía todo el tiempo, saltaba y se mofaba de Buda y del joven cocinero que vivía extenuado por la voracidad de las prostitutas.

Yee comenzó a decaer, se lo pasaba culeando día y noche, descuidó los negocios y se hizo el loco con las deudas y los recibos: era el ocaso del chino. A los pocos meses Yee era una sombra de si mismo, estaba flaco y raído, las putas comían arroz con saña y no dejaban nada, ya no llegaban pollos ni huevos, al restaurante no llegaba una mierda, hasta el cocinero se fue a buscar trabajo en el prostíbulo. Yee y su picha oriental ya no tenían garbo para una puta mas, estaban acabados.

Una noche llegaron los distribuidores de pollos y le dieron una palera al Yee porque debía unos cuantos millones en pollos y huevos, Yee decía chino aluinado, chino no tiene pala pagal. Te estas haciendo el loco chino malparido decían los tipos de los pollos y se lo cagaban a trompadas, lo dejaron vuelto mierda en la puerta del restaurante, ni una puta salio a socorrerlo, sólo lo acompañaban los ratones y las cucarachas. No todo esta peldido, se dijo, mientlas haya latones hay una posibilidad, y se durmió al rato.

Juancho se felicitaba por haberle dado una lección a Yee y le tocaba las tetas a una puta joven, también le daba besitos a las tetas de otra puta que tomaba cerveza. Yee estaba dormido en la calle, tirado en un rinconcito con la cara acartonada de sangre, soñaba que era un conejo depravado en un mundo de niñas encueras con culitos sonrosados. Juancho pensaba que tal vez se había pasado un poco con el pobre chino, Yee pensaba cómo haría para meter su picha de conejo en tantos agujeritos de acero.

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octubre 29, 2008

Bacanal recomienda...

Cuentos al otro lado del espejo. Un hombre lamenta la muerte de su esposa. Hasta que una noche inexplicablemente se puede comunicar con ella a a través de un espejo. Tal vez ella haya muerto pero su extraña afición no.

Haciendo click AQUI encontrarán los relatos de Miguel Ángel Padilla Sandoval, quien decidió publicar su obra a través del internet. Interesante ejercicio que Bacanal quiere transmitir.

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octubre 18, 2008

Un solemne día palaciego

Edgar Piedrahita

Me levanté como a las seis y media de la mañana. Todavía las lagañas de un sueño interrumpido por el frío en mis pies, no me dejaban divisar la luz del cerro que me pegaba en la cara. Quería quedarme acostado hasta el medio día, pero el compromiso de la Organización Mundial me acosaba siempre la mente. Además tenía que hacer el informe sobre el plagio, y presentar la ponencia frente a todos los Embajadores que llegarían a eso de la media mañana. Levanté mi cabeza, sin respiro, y entré rápidamente al lavado para bañarme con el agua caliente que siempre quemaba mis pies. Olvidé la toalla para secarme y me puse una camiseta blanca para protegerme del fío – aunque en realidad era para que nadie viera mi pecho velludo que siempre me daba pudor mostrar. Tomé una larga toalla blanca, ya un poco raída, pero todavía blanca, impoluta. Entré a la ducha y comencé a bañarme. Pensé en el ajetreo que tendría para llegar a la Organización Mundial. No tenía carro, y no quería que me adjudicaran uno diplomático que me recogiera todos los días, porque los alardeos institucionales y los choferes me incomodaban.

En el cuarto, cerré la puerta y abrí el clóset para ponerme lo de siempre: el traje negro de paño crudo, camisa de algodón blanco impecable, y corbata negra de seda. Ese conjunto significaba mucho para mí, porque era muy apegado a las ceremonias, y ese conjunto reflejaba a la perfección el rito del día. Me senté en la mesa de la cocina para tomar algún café, en un pocillo alto de porcelana blanca que tenía el logo de Naciones Unidas. Espulgué la ensalada de frutas que tenía papaya, piña, y fresas, que estaba servida para refrescar el galillo caliente, por la flema mañanera. Me tomé un jugo de naranja, le mezclé un poco de miel fresca, para cambiar un poco el sabor.

This Week in New York: twi-ny.com - un rose garden view

Salí del pasillo que me conducía a la calle, y esperé el autobús en la esquina. Estaba rodeado de niños que se alistaban a esperar la ruta para el colegio, y algunos ancianos con sombreros negros que iban seguramente al centro a leer el periódico y hablar de sus aventuras juveniles. Permanecía como una estatua, vestido con bufanda de lana negra que colgaba como estola porque aún no me azotaba el frío nebuloso. Pasó el bus blanco de ruta central, que me llevaría a la Organización Mundial. El conductor abrió la puerta, me miró con seriedad, y alzó levemente sus cejas, como en señal de saludo. Yo lo miré y le respondí con un “buenos días”. Me senté en la parte trasera del colectivo, porque siempre miraba los movimientos de los pasajeros. Era un puesto privilegiado porque me sentía como en conducción general, como si estuviera dirigiendo una orquesta filarmónica; porque atrás, en el asiento del medio, siempre veía las cabezas, e incluso jugaba con los pensamientos de los otros.

Cuando llegué a la Organización Mundial, había tres policías en la puerta principal. En la izquierda una mujer alta, acompañada a su derecha por un policía de la sección diplomática, mientras esperaban que el tercero, encuadrara la foto en el umbral del palacete alfombrado de la Organización. Enseguida noté que estaban escoltando a la Embajadora de Austria que ofrecía en el vestíbulo una Rueda de Prensa. En el centro de la entrada principal, se fijaba un grande arreglo de flores, con especies de la sabana fría, cuya base de madera –pintada varias veces con laca catalizada– soportaba el ramo abultado que era imponente a la luz de sus visitantes. Todo estaba alfombrado de color rojo, con un tapete denso de pelusa corta, que tenía en su curso las pisadas de cientos de funcionarios diplomáticos.

Pasé por el tumulto del gentío, entre periodistas, asesores, asistentes, y curiosos, y escuchaba con atención disimulada, las respuestas de la Embajadora sobre el acuerdo de los escudos antimisiles y las tensiones con los países de la Europa oriental.

Una vez adentrado en los fríos edificios del palacete, tomé del Jardín de los Novios una flor silvestre para entregársela a la secretaria de la Sección de Asuntos de Seguridad Hemisférica, la sección donde pertenecía. Cuando me disponía a pulsar el botón del ascensor al quinto piso, me quedé pensado por qué a ese jardín le llamaban así, y miré al frente donde el operador del antiguo elevador me sonreía como congraciado con la pinta del día, pronunciando un “Buenos Días”, para adular con prestancia mi presencia en la Organización Mundial.

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octubre 13, 2008

(Sin título)

Matías Sorel

Desde que tengo memoria, mi corazón ha lucido triste y opaco. En la búsqueda de razones que justifiquen tan mezquina suerte, siempre viene a mi mente un sueño: al pie de aquel enorme espejo familiar –hoy no se ve tan grande, sino más bien vetusto y gris- estaba yo, mirando fijamente el reflejo de mi rostro. Al darme media vuelta descubro que hay dos réplicas de mi madre, dos mujeres gemelas de idéntico vestido, peleándose por mí, implorándome que tome su mano y me vaya con ella. Una a mi derecha; otra, a mi izquierda. Yo tengo la certeza que alguna de las dos es el mismísimo demonio, pero desconozco cuál lo es con fidelidad. Pienso un rato, intento decidir, ambas esgrimen argumentos para convencerme, la angustia es inconmensurable. Al final opto por la que está a mi derecha: ella ríe, la otra llora, y así supe que había tomado la decisión equivocada.

lungstruck - Power Out. Flickr

A pesar de ser sólo una horrible pesadilla, la peor de las pesadillas que he tenido, nunca pude perdonarme el hecho de haber discernido mal. Debía, al menos, reconocer con exactitud a mi madre, a esa mujer que tanto me amó, la que me vestía a diario y siempre me castigaba con su silencio cuando cometía una travesura. Había fallado.

También creo que ese sueño ha sido el motivo de mi aversión por dormir: no lo disfruto, me es displacentero. Prefiero descansar en un bus -así sea con la certeza de que voy a hacerlo mal debido a la expectativa que debo tener para no bajarme lejos del lugar preciso-, y no en mi habitación, tal vez para no tener ese mismo sueño y volver a fallar dramáticamente.

Esta necesidad del desvelo, cada vez más sistemático, me llevó accidentalmente a los libros. Como mi madre, ignorante de mis pesares, me enviaba a dormir a eso de las diez de la noche, debía yo gastar mí tiempo el algo que me quitara la somnolencia y me devolviera el sosiego: así fue que empecé a leer, como amuleto contra la mala fortuna. Leía en mi cuarto a diario hasta pasada la medianoche, hasta que un día mi hermano menor comenzó a impacientarse: alegaba que la luz no lo dejaba dormir, que le molestaba, que yonosequé más cosas. Mi madre, visiblemente contrariada, me prohibió leer de noche. Buscando yo alguna alternativa topé con la solución a mi problema: leer de rodillas al pie del ventilador, el cual tenía incorporado un pequeño bombillo que arrojaba una luz mortecina. Así pasé algunos meses, cual fraile oscurantista, hasta que fui atrapado in fraganti. Al contrario de lo que pensé, no resultó ser el acabose: derrotada, mi madre me dijo que, si quería, podía yo leer en la sala hasta la hora que deseara. Fue in triunfo inenarrable, tanto, que días después mi madre me compró una enciclopedia muy mala, sin fotografías, a fin de incentivar mi hábito; lo único que me prohibió fue la Biblia, porque –decía- a ella le constaba que muchos familiares nuestros y amigos de ella se habían vuelto locos por leerla mucho. Así que nunca más volví a tomar ese libro sin la compañía de un adulto, lo que aminoró mi interés por la Sagrada Palabra, luego por la ética y, finalmente, por Dios y los hombres. Porque la gente, al hacerse grande, acepta o renuncia con frecuencia a ideas que gusta de llamar trascendentes: pero en realidad –para su desgracia- son las mismas ideas de siempre, sólo que más abstractas, difusas, lo que hace que duelan o alegren con menor intensidad, según sea el caso.

rafa2010 - proust. Flickr

De niño tuve una amiga que, entre nuestros juegos de muñecas y besos furtivos, me confesó que le gustaba su padre; más tarde, cuando ambos estábamos en bachillerato matutino y teníamos sexo vespertino, me dijo que le gustaba su profesor de matemáticas y que ya se habían acostado varias veces. Ahora, llorando de rabia cada vez que nos vemos, grita con encono que es una puta, que se acuesta con cualquier tipo, que le pagan, que la golpean, que le gusta.

Disfrazado de costumbre, lo cotidiano nos asfixia poco a poco hasta hacernos insensibles.

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septiembre 06, 2008

Tú, yo y tu puta manía de romper los vidrios

- ¡Ganaste, ahora vete!- Grité.


Sonó el retumbar de la puerta, los pasos fríos de él saliendo la habitación. Sonó la melancolía de la tarde, las uñas rasgando la puerta, sonó el tap tap cuando golpeabas la pared… hasta que apagué el interruptor.

Me senté en un espacio lleno de polvo en la habitación, empecé a llorar… por ti, por mí, por ellos, por ellas, por todos…pensé en los tsunamis, las calles, los puentes, los buses que había tomado hasta llegar a donde estoy hoy: en ninguna parte, para ser más específicos.

Llevaba más o menos dos horas con los mocos insertados en las narices, diluyendo lágrimas acidas que caían en mis mejillas infladas de tanta agua y tanta amargura, que me bloqueaba y partía mi materia gris en dos.

Toc, toc, sonó la puerta.

- ¿Qué demonios querés? Te dije que te largues, te juro… te juro… te juro… te lo juro que, yo… te lo juro que, yo… te mataré con un zapato como abra esa puerta.

Se oyó un suspiro.

Volvió a sonar el toc el toc de la puerta, las uñas rasgando, el tap tap.

Me acerqué, traté de acomodarme el pelo por si no era él, traté de reconocer el toc toc toc pero no pude, extraño el timbre… Cuando tenia timbre podía identificar quién era por la forma de timbrar, pero lo fundí tratando de timbrar para ver si alguien abría, pero la casa estaba vacía… en la casa solo estábamos yo, un gato, un pato y un lápiz labial rojo que usaba para rayar las paredes.

Cogí rápidamente el lápiz labial antes de abrir la puerta, marqué la hora y una línea en la pared más blanca de la habitación, y finalmente abrí.

No había nadie. Miré a los lados: ni una sola alma.

Empecé a gritar, a mirar lejos, pero esta vez sin lágrimas. Me tiré al suelo y recé…

Esta vez por ti las lagrimas empezaron a caer, amargas e inseguras; caían y tartamudeaban mis palabras una vez mas…es que yo, yo ya…yo ya no se qué hacer…

Detuve mi llanto para levantarme del tapete y seguir quejándome adentro. Miré arriba… ahí estaba en las escaleras.

Cerré la puerta con impresión.

Me miró con ternura y algo de lástima, y dijo…

- ¿Rezabas por mí?

Yo le di un contundente sí.

- Ya yo no tengo motivos para que me recen, ni para que recen por mí. Yo aquí estoy sólo por unos minutos, luego no estaré… tal vez algo después.

Se acercó y me dio un abrazo. Sus manos frías cubrieron toda mi cien con pensamientos oscuros, algo de sueño, algo de hambre y algo de sangre.

Lo miré con los ojitos llorosos; le pegué, le pegué y le pegué hasta que me dolían las manitas. Me miró con cara de risa y se echó al piso.

- Fatalismo inútil, corazón de metal…Que lástima que esta vez no te estés escondiendo- dijo él con una voz algo entrecortada.

- Corazón de medusa, que lástima que no valgas una mierda- dije yo, esta vez más serena.

Me tiré al piso a reírme con él. Traté de balbucear palabras, pero me las tragaba de la risa.

sin título. María Alejandra Barrios

Y me dijo:

- No digas nada, si algo te he enseñado es el valor del silencio… ¿No me digas que aún no lo has entendido después de todos estos años de vivir con un fantasma?

Sus palabras fueron suficientes para que yo no dijera una palabra más, por lo menos por ese momento. Lo miré y le dije que hacia frío.

- Tienes razón –dijo, mientras se paraba del suelo y encendía la luz.

Cuando la encendió, él ya no estaba ahí…

Sólo se escuchó un murmullo.

- Ven, rescátame.

Lo busqué por toda la casa, debajo de plantas, debajo de las llaves, hasta que me volví a arrodillar, a rezar, a gritar y a rayar la puerta con mi delirio. Todo, todo mi delirio en una sola arrodillada de piernas…

- ¡Eres todo lo que tengo! –Grité.

Se arrodilló con cara de cama, me pisó los talones y me agarró los hombros.

Se quedó callado. Lo único que vos tienes, que vas a necesitar, es a vos misma, dijo.

- Mira arriba -ordenó después.

El no estaba ahí. Sonará muy cliché, pero brillaban dos estrellas; eran las doce ya pasadas según el reloj de la cocina. Salí casi corriendo y me senté en el pasto viendo al cielo, con una tranquilidad intranquila y un pijama rota.

Empecé a cantar canciones sin notas, a bailar sin ritmo. El viento me acariciaba mientras la gente pasaba algo borracha, algo despiadada, algo demente por el frente de la casa, y miraban como cerdos mis bochornosos movimientos.

Me tire al pasto y volví a mirar al cielo…

Dije sin temor con una sonrisa de oreja a oreja:

- Tú y yo estamos en París a las 12:25 p.m., tirados en un parque mirando dos estrellas, tomando vino barato y oliendo florecitas marchitas.

Entré a la casa, busqué en la nevera el vino de fiesta, lo saqué, me puse un sombrero, encendí una velita y me senté en la mesa.

Hablé sola unos minutos: una fuerza inexplicable me llevó al sótano, la brisa me acariciaba con una melodía maldita que me retumbaba hasta las narices; cerre los ojos para escuchar…

Era su voz. Decía, algo más o menos, así:

- Esta vez, ya no hay nadie por quien llorar, esta vez tú, yo, ellos, ellas, todos somos libres, ya no tenemos nada que perder.

Sonreí y por primera vez empecé a llorar de felicidad.

La brisa paso de nuevo. Él me dijo:

-Feliz cumpleaños.

Salí a la calle a esperar la madrugada. Los rayos del sol se me incrustaron en la cien, escuché cómo se partía un vidrio, a un perro lo atropelló un carro, se rompió una tubería, las calles empezaron a temblar.

Empezó a llover. Me empapé de agua, en la grama; una vez más las personas pasaban y miraban impactadas con sus paraguas verdes…

Una vez más todo era tan mágico.

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María Alejandra Barrios. Barranquillera, tiene 16 años y estudia en el Altamira. Escribe para olvidarse de alguien, tal vez de sí misma. Es la primera vez que colabora con la revista. Le va bien dibujando. Para leer más de sus textos, click AQUÍ.

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agosto 17, 2008

Llegando tarde a mi funeral


Si alguien es el eje del mal de tu vida, ese eres tu, perro mio, la gran y complicada respuesta a una pregunta que por mucho que la repitas, te suena aun mas desconocida. No vas tan mal, sabes que tienes tus colegas, tu evasión favorita, el techo, la cama y un buen plato de pasta. Tienes tus abominaciones y tus carencias, trozos de ti por todos lados como moho en el pan, lo mismo, macho, siempre lo mismo. Aquí fue así, allá también, lejos no estaba mal, cerca mal no estaba, ganando mucho, perdiendo más y póker para todos, lo mismo, joder, siempre lo mismo. Con tus metas, tus viajes, tus caídas y tus recogidas, ropa de segunda mano, la sonrisa también. Te alegras veinte minutos, te deprimes una hora, hoy contigo nena, pero mañana contigo encanto, y pasado contigo cachorra, bajón, 'illo, bajón. Aprendes mucho, se te olvida, lo vuelves a aprender, se te va la cabeza, olvidas la llaves, los vicios, cabrón, los vicios de siempre. No, colega, no intentes cambiar algo de esto, lo puedes mejorar o empeorar, pero no intentes cambiarlo, tus condiciones son un castillo de naipes bien ensamblado, pero de naipes al fin y al cabo, como mucho lograras hacer caer toda la estructura para que después vuelvas a armarlo de la misma forma en la que estaba antes de querer quitar o poner alguna reina de corazones... no juegues, chico, no juegues a perder.

Y ahora a cantar; "... Chico tienes que cuidarte, ¿Cuánto crees que durarás así?".

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Leonardo Tobón: Bebedor, Fumador compulsivo, Mujeriego, Mentiroso, Melómano, Callejero, Insomne y terriblemente desmemoriado" - Humano. Escribe en algún portátil desde algún lugar del mundo.

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agosto 15, 2008

Cuentos cortos



Hazaña, hazaña..., esto es jodido

No recuerdo con exactitud la razón por la que caminábamos el muelle, pero llevábamos ya como dos horas en él. Lo habíamos recorrido varias veces. Ambos, con las chancletas en las manos, y yo, con una mochila colombiana llena de papeles, paquetes de papitas y gaseosas en botellas. Ella cargaba el vino y sus cigarrillos.

Al llegar a la punta, creo que por cuarta vez, se sentó en un bordillo hecho por el follaje del mar. Había matas verdes, cangrejos de todos los colores, chuvitas, y por supuesto jeringas, bolsas viejas, algunos condones y un sostén sin cuerdas amarrado de una baranda puesta como señal de límite. Nos sentamos allí. Primero vimos el mar pero en direcciones distintas, ella hacia el sur, y yo hacia el horizonte. Bueno y también veía el sostén.


Es posible

Alcancé a escuchárselo al cura justo antes de darnos una despedida digna de la casa de Dios: “podéis ir en paz”, lamentablemente creo que el señor de camisa verde que estaba sentado al lado de la hermana Hellen no escuchó al sacerdote.

Yo, por mi parte, solo se que no comeré más carne de res. Si una vaca gime como gimió la hermana Hellen cuando el señor de camisa verde la decapitó. Yo hoy, me declaro vegetariano.


Me encanta el negro para vestirme

¿El rojo o el fucsia? Me voy a poner el vestido negro con estos zapatos, y esta cadenita. El bolso plateado y unas goticas de perfume. Luego me maquillo, así como para el grado de Javier y llego a tiempo para la fiesta.

—Mami, esa señora huele a feo. Huele al cuarto del abuelo.

—Hay que darle gracias a Dios, mijito.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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agosto 02, 2008

El Dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso

– Lee esto -dije.

Antonio abrió el libro en la página indicada, y pasó a la siguiente.

– ¿Esto?- preguntó.

– No, eso no -respondí-: el cuento anterior.

– Yo no veo nada -aseguró lanzando un gesto de duda que acabó con mis esperanzas.

– Es ése –comenté desilusionado- el que se llama El Dinosaurio, ese que es todo corto.

– Ah, ya, ahora si- dijo sin asombro-, está bacano.

No, no lo estaba: ni siquiera se había percatado de su existencia en el libro. No entiendo cómo puede omitirse un dinosaurio, por muy breve que sea la historia que lo menciona. Un animal tan grande ha de causar, al menos, un llamado de atención.

Probé suerte con varias personas, una, otra, otra, y otra vez, sin éxito. Mi historia favorita era ignorada por el cruel ojo que apenas si notaba que existía, en medio de páginas repletas de letras y vacías de sentido.

-¡No entiendo, no entiendo¡- exclamé con rabia.

-Dímelo a mí-dijo el dinosaurio, mientras abría los ojos y estiraba sus patas luego de un profundo sueño.

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Matías Sorel. Escribe para librarse -más mal que bien- de la angustia que le produce no saber nunca cómo decir las cosas, como si eso no fuera en estos tiempos una pandemia. Ha recitado algunas veces, y publicado tan sólo una. Tiene 22 años.

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julio 28, 2008

La reina del hielo


Se llamaba Miriam y sus tetas eran el regalo de dios a este mundo. Se reía poco, pero cuando lo hacia, gozaba tanto que su cuerpo tenía pequeños espasmos.

Tocaba el piano, en su piano por primera vez nos besamos, no pude evitarlo, sentada ella allí, cada vez que pulsaba una tecla desprendía erotismo.

Su pelo era castaño y caía en rizos, su cuerpo era frío y guardaba las distancias. Le tocaba la rodilla por debajo de la mesa y ella la movía. Cada vez que nos besábamos ella sonreía con nuestro labios aún juntos, justo antes de separarlos, produciendo una mueca en mi propia boca, quizás no una sonrisa, pero era lo mejor que yo podía darle. A veces fumábamos a medias, ella pedía café con leche, yo un carajillo. Ella me llevaba a escuchar el Réquiem de Mozart, yo a beber a mi bar de confianza. Compartimos muchas veces el mismo tren, la misma motocicleta. Cuando bebía conmigo nunca se quedó atras.

Ella me dijo “No más”, yo le dije “OK”.

Nunca más nos volvimos a hablar. El tren descarriló, la motocicleta se estrelló, Mozart murió, el bar aguantó estoico. Yo me quedé igual.

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Daniel Tobón. Bebedor, fumador compulsivo, mujeriego, mentiroso, melómano, callejero, insomne y terriblemente desmemoriado. Actualmente vive en España.

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julio 15, 2008

Bacanal recomienda...

Navegando por la red, la Revista Bacanal halló dos interesantes blogs dedicados a la literatura, a la poesía y a la fotografía, los cuales nos permitimos recomendar a nuestra muy distinguida clientela:

Los poetas de Andén: Los Poetas de Anden (como se auto denominan estos jóvenes), son una organización sin ánimo de lucro, un club inclusivo, y llenos de hojas de parra secas. Debemos decir también, que en ningún momento se declama poesía, porque no se saben ninguna de memoria, ni siquiera de ellos mismos. También que a cambio de eso, se saben muchas canciones de memoria, en ingles deformado, en portugués sin pronunciación, y en español con escasa afinación. En pocas palabras, acá vienen a encontrarse las letras de esos poetas caseros, que desayunan pan con cigarrillos, amantes de los jugos, drásticos amantes, y creyentes sin fronteras, en las propiedades atemporales del Éfirmero (mal conocido como segundero). Click AQUI.

Zoociedad Lectora: La Zoociedad Lectora es un grupo de camaradas unidos por ciertas afinidades, que deciden crear un espacio para compartir escritos, fragmentos e ideas. Además de una selección personal de escritores reconocidos, se buscará publicar textos que logren llegar a las personas, con el fin de concientizarlos y de crear en ellos una "Zoociedad Lectora", alejados de los prototipos sociales y culturales típicos y cada vez más decadentes. Click AQUI.

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junio 20, 2008

Si se cierra la ventana, se acaba el día

Abraham se despertó desorientado como siempre, aun en calzoncillos y con una camisilla esqueleto empapado y sucio de sudor. Toda la noche abrazó fuertemente su fe para no morir, se sentía bastante enfermo, pero simplemente era una fiebre por la lluvia de hacia unos días que ahora lo recordaba. Se sentó en su vieja silla y prendió un cigarrillo, bebió café y se devolvió a la cama. No despertó más, salvo quinientos años después cuando salía del vientre de su madre.

Cuando andaba de siete años, era un niño inquieto y audaz, se acercó a la ventana de su apartamento, tenía mucho frío e intentó cerrarla, su madre lo vio desde el callejón que daba a la cocina y gritándole corrió hacia él apartándolo del ventanal. Le dio una recomendación; jamás acercarse a la ventana estando abierta, lo hizo dormir. Lo vistió con sus pijamas rojas y de carritos y le dio un beso de buenas noches en la frente no sin antes arroparlo bien.

Abraham se despertó desorientado como siempre, aun en calzoncillos y con una camisilla esqueleto empapado en sudor, durmió como un niño toda la noche acordándose de los besos de su madre. Se vistió de ropa formal y cogió un taxi hasta el cementerio universal. Era domingo, día de visita de muertos, y la tumba de su madre necesitaba flores nuevas.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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junio 05, 2008

En el bus

Todo sucedió en cuestión de segundos.

Ella estaba allí, serena y distraída, colmada con la serenidad que sólo concede, precisamente, la distracción. Sus ojos, tan cerca de la ventana, parecían revisar con indiferencia todas aquellas cosas que el bus, en su estrepitosa carrera contra el tiempo, esquivaba con rapidez.

Intenté que su mirada se cruzase con la mía, pero todo fue en vano: los constantes brincos y serpenteos del vehículo hacían difícil aquella empresa, por lo que me tocó conformarme con saber que ella permanecía sentada al final del bus, ignorando mi presencia. Yo estaba de pie, sudando como el que más, con una mano aferrada a un tubo sucio y otra sujetando mis pertenencias.

Como de costumbre, me dirigí hacia el fondo del pasillo, pausadamente. Poco a poco, su rostro se me hacía enorme y claro, lleno de detalles. Los ojos esta vez estaban cerrados, la cabeza recostada a la silla, y mi momento, seguro, se acercaba.

Confieso que lo pensé dos veces: mi deseo no era interrumpir su plácido sueño, pero un ímpetu tan arrollador como necesario me obligaba a hablarle. Lentamente extendí mi mano, le arrojé las galletas, y exclamé con voz ronca:

– A trescientos, dos en quinientos.

Despertó inmediatamente, frunciendo el ceño y visiblemente contrariada. Por un instante cruzó sus ojos con los míos: dijo que no, que gracias, me entregó los dulces y siguió mirando por la ventana.

Una venta menos, si, pero nadie puede decir que no lo intenté.

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Matías Sorel. Escribe para librarse -más mal que bien- de la angustia que le produce no saber nunca cómo decir las cosas, como si eso no fuera en estos tiempos una pandemia. Ha recitado y publicado sólo una vez. Tiene 22 años.

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mayo 26, 2008

A eso de las seis

Hoy, por ejemplo, por fin pude estornudar tres veces y no ha sido a causa de la alergia ni la rinitis, sucedió de repente, mi nariz se contrajo y he estornudado. Comúnmente sólo lo hago dos veces, el de hoy fueron tres seguidas, a eso de las seis, cuando iba llegando a casa.

Saco mis llaves, miro la cerradura, veo al gato, le hago señas de amistad, empiezo a abrir y seguidamente tres estornudos me hicieron dejar caer las llaves.

A eso de las seis acá oscurece, igual que en cualquier otro lado creo yo incluso no con el tiempo. A los seis martillazos el clavo entra; y si no me crees haz la prueba, sólo procura darle al clavo y no a tu uña. Que mis uñas mancas sirvan de ejemplo para tu comprobación obsesiva.

A los seis goles ya prácticamente ganaste el partido, a no ser que te empaten y para ello es necesario por lo menos seis goles más, lo que nos daría doce que en el caso sigue siendo lo mismo, seis y seis. Y a las seis yo estornudé. Hago tanto espectáculo del estornudo por que hacia tiempo que no lo hacia, pareciese que el polvo andase de pelea con mi nariz y los sagrados estornudos. Desde que quedé sin nariz a causa de los repetitivos estornudos no había vuelto a estornudar.

Pero ayer fue el día, mi cabeza se movió, se cayeron las llaves, el gato salió corriendo pero pude estornudar. Lastimosamente cuando lo hice el dueño de la casa vio como me mecía y andaba de un lado a otro columpiándome sobre mi estornudo, así que me lanzó una enorme chancleta por encima de mi nariz enferma.

Corrí inmediatamente a un rincón; es casi imposible que una chancla logre golpearme en un rincón. Golpes iban y golpes venían, ninguno con éxito, salvo que la emoción me hacia estornudar más, necesitaba urgentemente un anti gripal. Cuando se cansó de golpearme inútilmente con la chancla fue hasta la cocina a buscar un mata insectos de esos de spray que no dañan la capa de ozono. Inmediatamente traté de buscar refugio pero el gato no me dejaba pasar, y ya la gripa me iba afectando, no podía correr de a mucho con la nariz afectada y el cuerpo dolido. Hice como un soldado o un guerrillero que combate en trochas: esquivaba arañazos del minino, me metía por entre sus patas y le daba la vuelta con su cola, corría de un lado a otro persiguiéndome y volviéndome indefenso con cada ataque. No pude resistir más, y me detuve esperando la estocada final de algún colmillo o de una garra mal aventurada. Ahí el tiempo se detuvo, realmente eran las seis. Ya había oscurecido o ya estaba muerto por que todo oscureció, solo estaba yo y mi ceguera y el gato por imprudente en mi ritual de muerte. Cuando la luz vino aun seguían siendo las seis, pero el gato ya no estaba, en su lugar una bola de humo me perseguía. Venia de una lata de spray, sórdida y egoísta, asesina a sueldo intentaba ponerle fin a mi existencia. ¡Vaya sea mi sorpresa! Resultó mejor que el anti gripal. Las fuerzas vinieron nuevamente a mí, fue algo automático y práctico. Una vez el humo me alcanzó logré escapar y salir del rincón, corría y corría, en busca de mi libertad y fortuna, vi la puerta donde antes se me habían caído las llaves, vi al gato que corría nuevamente a pesar de mi saludo amistoso, vi al dueño de la casa intentando golpearme y te vi a ti. A eso de las seis, también muerta del terror y del miedo abrazándome para no morir, y corrimos juntos, de un lado a otro esquivando al gato y a la chancleta, la nube de humo ya era lo de menos. Luego todo fue confuso, te me perdiste te vista y ya no te alcanzaba a ver, te esfumaste junto con la carrera, y quedamos nuevamente solos, yo buscándote, y tu extraviada buscándome a mi, se deshizo el abrazo.

Fue ahí, a eso de las seis donde vi al asesino desmembrarte integra y audaz, su peso cayó sobre tu cuerpo y tu vida, contigo descansó, te mató y se fue. A mi me perdonó la vida, pero la tuya me la arrebató; por eso hoy, a eso de las seis, cuando el día oscurezca cuando cumplas dos días de muerta iré a vengar tu vida, tu muerte y tu lucha, iré a hacerte respetar, que tu muerte no sea en vano, esa chancleta maldita va a sufrir igual que yo he sufrido con tu partida. No me importa que el dueño de la casa también sufra por la pérdida de su amada chancleta así como yo sufro por la pérdida de mi amada amiga.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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