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marzo 18, 2009

Refrescante sensación: El oso en la botella

"El verano había pasado y el calor murió
Y el otoño alcanzó su corona dorada
Miré atrás al oír un suspiro
Pero ésta era la época sin respuestas"
Nick Drake

Siempre se escucha que mañana por la mañana todo mejorará, sólo el calendario sabe cuántos mañanas han pasado desde la primera noche y aun hoy por hoy pretenden vendernos el optimismo como un papel que soluciona nuestras más grandes miserias. ¿Tienes hambre? compra un libro sobre cómo alimentarte en 30 días sin perder la línea. ¿Quieres dinero? o bien puedes invertir en una pirámide o bien puedes comprar el libro de los 30 pasos hacia el éxito (Claro, nunca lograrás pasar del primero "mírate al espejo y repite: Soy un ganador... soy un ganador...") Bien atrás quedó eso de cáete con confianza que yo te alzo, ahora mejor que no te alcen; de rodillas obtienes un mejor panorama de quien te empujó.
El beat pop no fue escrito a la luz de MTV y las caderas de Britney, entonces, ¿por qué se creen Chinaski y Ginsberg todos estos que se dejan crecer el cabello en puntas parejas; no toman vino de caja sino que un siervo les quita el corcho, no pierden lo que no tienen sino que buscan lo que ni desean? Pobre Cristo parado a la pared de la cama de mis padres que se tapa la cara cuando el señor Utria aparta el dinero de los impuestos.
Y lo más fantástico de cuando uno dice hoy en día, es que los alivios son baños con menticol: refrescan por minutos y luego sólo nos queman en pequeños espacios corporales, casi siempre del lado del pecho, del corazón o de los más valientes, del lado de los ojos.


Bruno.

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octubre 28, 2008

Poderes

Bruno García

hoy tuve grandes poderes
como los amigos en la liga de la justicia.

algo de flash,
superman, la mujer maravilla
y por supuesto el hombre invisible.

aproveché éste en especial,
y no para ir a verte mientras te bañas.
no,
no, eso se lo dejo a otros que se,
si lo hacen.

tan tonto soy que al llegar a tu terraza
toqué la puerta,
abriste y no me saludaste.
te confieso
que por un momento me sentí preocupado.

luego recordé
que probablemente no me viste,
claro,
andaba en mi personaje de flash.

te vi casi desnuda sentada en el mueble
mientras veías TV.
yo, decidí ir a la cocina,
tomé un vaso de agua
y te veía deforme a través del vaso.

tu batola orneaba al compás de los canales
tus manos se encontraban juntas
debajo de los cojines
y yo te seguía viendo a través del vaso.

no se como me viste.
estaba bien escondido entre la despensa
el hecho es que tiraste el vaso
y me vi deforme entre tu batola.

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agosto 15, 2008

Cuentos cortos



Hazaña, hazaña..., esto es jodido

No recuerdo con exactitud la razón por la que caminábamos el muelle, pero llevábamos ya como dos horas en él. Lo habíamos recorrido varias veces. Ambos, con las chancletas en las manos, y yo, con una mochila colombiana llena de papeles, paquetes de papitas y gaseosas en botellas. Ella cargaba el vino y sus cigarrillos.

Al llegar a la punta, creo que por cuarta vez, se sentó en un bordillo hecho por el follaje del mar. Había matas verdes, cangrejos de todos los colores, chuvitas, y por supuesto jeringas, bolsas viejas, algunos condones y un sostén sin cuerdas amarrado de una baranda puesta como señal de límite. Nos sentamos allí. Primero vimos el mar pero en direcciones distintas, ella hacia el sur, y yo hacia el horizonte. Bueno y también veía el sostén.


Es posible

Alcancé a escuchárselo al cura justo antes de darnos una despedida digna de la casa de Dios: “podéis ir en paz”, lamentablemente creo que el señor de camisa verde que estaba sentado al lado de la hermana Hellen no escuchó al sacerdote.

Yo, por mi parte, solo se que no comeré más carne de res. Si una vaca gime como gimió la hermana Hellen cuando el señor de camisa verde la decapitó. Yo hoy, me declaro vegetariano.


Me encanta el negro para vestirme

¿El rojo o el fucsia? Me voy a poner el vestido negro con estos zapatos, y esta cadenita. El bolso plateado y unas goticas de perfume. Luego me maquillo, así como para el grado de Javier y llego a tiempo para la fiesta.

—Mami, esa señora huele a feo. Huele al cuarto del abuelo.

—Hay que darle gracias a Dios, mijito.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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junio 20, 2008

Si se cierra la ventana, se acaba el día

Abraham se despertó desorientado como siempre, aun en calzoncillos y con una camisilla esqueleto empapado y sucio de sudor. Toda la noche abrazó fuertemente su fe para no morir, se sentía bastante enfermo, pero simplemente era una fiebre por la lluvia de hacia unos días que ahora lo recordaba. Se sentó en su vieja silla y prendió un cigarrillo, bebió café y se devolvió a la cama. No despertó más, salvo quinientos años después cuando salía del vientre de su madre.

Cuando andaba de siete años, era un niño inquieto y audaz, se acercó a la ventana de su apartamento, tenía mucho frío e intentó cerrarla, su madre lo vio desde el callejón que daba a la cocina y gritándole corrió hacia él apartándolo del ventanal. Le dio una recomendación; jamás acercarse a la ventana estando abierta, lo hizo dormir. Lo vistió con sus pijamas rojas y de carritos y le dio un beso de buenas noches en la frente no sin antes arroparlo bien.

Abraham se despertó desorientado como siempre, aun en calzoncillos y con una camisilla esqueleto empapado en sudor, durmió como un niño toda la noche acordándose de los besos de su madre. Se vistió de ropa formal y cogió un taxi hasta el cementerio universal. Era domingo, día de visita de muertos, y la tumba de su madre necesitaba flores nuevas.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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mayo 26, 2008

A eso de las seis

Hoy, por ejemplo, por fin pude estornudar tres veces y no ha sido a causa de la alergia ni la rinitis, sucedió de repente, mi nariz se contrajo y he estornudado. Comúnmente sólo lo hago dos veces, el de hoy fueron tres seguidas, a eso de las seis, cuando iba llegando a casa.

Saco mis llaves, miro la cerradura, veo al gato, le hago señas de amistad, empiezo a abrir y seguidamente tres estornudos me hicieron dejar caer las llaves.

A eso de las seis acá oscurece, igual que en cualquier otro lado creo yo incluso no con el tiempo. A los seis martillazos el clavo entra; y si no me crees haz la prueba, sólo procura darle al clavo y no a tu uña. Que mis uñas mancas sirvan de ejemplo para tu comprobación obsesiva.

A los seis goles ya prácticamente ganaste el partido, a no ser que te empaten y para ello es necesario por lo menos seis goles más, lo que nos daría doce que en el caso sigue siendo lo mismo, seis y seis. Y a las seis yo estornudé. Hago tanto espectáculo del estornudo por que hacia tiempo que no lo hacia, pareciese que el polvo andase de pelea con mi nariz y los sagrados estornudos. Desde que quedé sin nariz a causa de los repetitivos estornudos no había vuelto a estornudar.

Pero ayer fue el día, mi cabeza se movió, se cayeron las llaves, el gato salió corriendo pero pude estornudar. Lastimosamente cuando lo hice el dueño de la casa vio como me mecía y andaba de un lado a otro columpiándome sobre mi estornudo, así que me lanzó una enorme chancleta por encima de mi nariz enferma.

Corrí inmediatamente a un rincón; es casi imposible que una chancla logre golpearme en un rincón. Golpes iban y golpes venían, ninguno con éxito, salvo que la emoción me hacia estornudar más, necesitaba urgentemente un anti gripal. Cuando se cansó de golpearme inútilmente con la chancla fue hasta la cocina a buscar un mata insectos de esos de spray que no dañan la capa de ozono. Inmediatamente traté de buscar refugio pero el gato no me dejaba pasar, y ya la gripa me iba afectando, no podía correr de a mucho con la nariz afectada y el cuerpo dolido. Hice como un soldado o un guerrillero que combate en trochas: esquivaba arañazos del minino, me metía por entre sus patas y le daba la vuelta con su cola, corría de un lado a otro persiguiéndome y volviéndome indefenso con cada ataque. No pude resistir más, y me detuve esperando la estocada final de algún colmillo o de una garra mal aventurada. Ahí el tiempo se detuvo, realmente eran las seis. Ya había oscurecido o ya estaba muerto por que todo oscureció, solo estaba yo y mi ceguera y el gato por imprudente en mi ritual de muerte. Cuando la luz vino aun seguían siendo las seis, pero el gato ya no estaba, en su lugar una bola de humo me perseguía. Venia de una lata de spray, sórdida y egoísta, asesina a sueldo intentaba ponerle fin a mi existencia. ¡Vaya sea mi sorpresa! Resultó mejor que el anti gripal. Las fuerzas vinieron nuevamente a mí, fue algo automático y práctico. Una vez el humo me alcanzó logré escapar y salir del rincón, corría y corría, en busca de mi libertad y fortuna, vi la puerta donde antes se me habían caído las llaves, vi al gato que corría nuevamente a pesar de mi saludo amistoso, vi al dueño de la casa intentando golpearme y te vi a ti. A eso de las seis, también muerta del terror y del miedo abrazándome para no morir, y corrimos juntos, de un lado a otro esquivando al gato y a la chancleta, la nube de humo ya era lo de menos. Luego todo fue confuso, te me perdiste te vista y ya no te alcanzaba a ver, te esfumaste junto con la carrera, y quedamos nuevamente solos, yo buscándote, y tu extraviada buscándome a mi, se deshizo el abrazo.

Fue ahí, a eso de las seis donde vi al asesino desmembrarte integra y audaz, su peso cayó sobre tu cuerpo y tu vida, contigo descansó, te mató y se fue. A mi me perdonó la vida, pero la tuya me la arrebató; por eso hoy, a eso de las seis, cuando el día oscurezca cuando cumplas dos días de muerta iré a vengar tu vida, tu muerte y tu lucha, iré a hacerte respetar, que tu muerte no sea en vano, esa chancleta maldita va a sufrir igual que yo he sufrido con tu partida. No me importa que el dueño de la casa también sufra por la pérdida de su amada chancleta así como yo sufro por la pérdida de mi amada amiga.

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Bruno García. Tiene 19 años. Es tan calmado que estresa a cualquiera, y también es mejor escritor de lo que él cree. Escribe para encontrar algún sentido respecto a por qué escribe. Estudia psicología en la Universidad del Norte.

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